Día de semana. No recuerdo cuál, y tampoco tiene mayor relevancia. Caminábamos por el centro de Santiago junto a un par de compañeros, rumbo a una clase en el Cerro Santa Lucía. El aula fue un patio central cerca de lo más alto del coloso santiaguino. El ambiente lo llenaba un olor a naturaleza propio del otoño que ya se acercaba, las hojas estaban secas y a cada minuto que transcurría le ponía menos atención a la clase... es que estaba ella.
Sí, me atraía. Sus ojos, su sonrisa, su forma de ser. Y las hojas que dormían en el suelo fueron la excusa perfecta para echar a volar mi imaginación y hacer que el tiempo pasara de forma más rápida. Un poco nervioso, pero con algo de habilidad comencé a formar un corazón. Ella estaba concentrada en lo que decía la profesora, pero los latidos de mi corazón aumentaban buscando las palabras con que le iba a entregar mi obsequio.
Terminada la clase me llené de valentía, y con un simple "te lo regalo" saqué de mí ese peso que significaba tener el corazón en mi manos temblorosas. Le correspondió un espacio en su pecho, como si los latidos del suyo le fueran a dar algo de vida a esa hoja inerte. Después de eso, subimos las escaleras que nos llevarían hasta lo más alto del Santa Lucía. Nos fuimos conversando, con un par de amigos más, pero en ese instante mi compañía se reducía a una sola persona. A medida que subíamos, el sol pegaba más fuerte, pero la naturaleza llenaba el entorno de una fragancia nueva; no a ciudad, sino que un mundo aparte en que el atochamiento y el smog de la capital desaparecían.
Ya en lo más alto también el ambiente se iba distendiendo y la conversación se hacía más fluida. El cielo estaba más celeste que nunca, el sol llenaba de luz los sectores oscuros y el paisaje ayudaba a formar un espacio perfecto. Corrían los minutos y era hora de irnos, pero algo quiso que nos quedáramos unos minutos más. Cuando ya me di cuenta estábamos solos, nuestros compañeros habían bajado y mi mirada era cómplice ante la oportunidad que se me presentaba.
La conversación era banal, pero eso ayudaba a que mis sentimientos se reprimieran y no cometiera el error de gritar lo que sentía por ella a los cuatro vientos. Le tomé un par de fotos. Su sonrisa era más agradable que de costumbre, su caminar más delicado y su hablar más enternecedor. Sentimos la soledad, quizás incómoda, y llegó el momento de bajar. Uno detrás de otro, yo detrás de ella; como cuidando sus pasos, como vigilando que nada le ocurriese.
Hicimos una última parada, le expresé lo bien que lo había pasado y lo retrasado que estábamos con respecto a nuestros amigos. Fue recíproco, al menos yo lo sentí así. Nos acercábamos cada vez más a la salida, y con eso también al término de un momento que traté de alargar lo más posible. Pero todo llegó a su fin, se perdió la magia que existió por un momento y cada uno tomó su rumbo.
Después de aquel episodio, nada volvió a ser como antes. Y lo digo con pesar, ya que momentos como esos nunca volvieron a suceder...

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