El hambre tocaba la puerta. Ya no aguantaban más. Con sus respectivos 90 años en el cuerpo no sabían explicar lo que ocurría. La crisis económica los sumía en una hambruna desde hace un mes exacto. Solo agua y unos pequeños bocados de pan era el alimento diario. ¿Para arroz, papas, pollo, legumbres? No alcanzaba.
Él la miraba, tratando de buscar en su rostro una explicación a lo que vivían. Ella había perdido la vista hace un tiempo y no entendía mucho la situación por la que pasaban, y tampoco se dio cuenta que su esposo había vendido la mayoría de los muebles de la casa. Ya no quedaba casi nada, las subastas y deudas se habían llevado lo poco que tenían. En el comedor solo dos sillas y una pequeña mesa; en la pieza la cama, una mesita de noche y un ropero antiguo donde guardaban las pocas prendas que atesoraban; y en la cocina, un armatoste que funcionaba a leña, un par de cubiertos y un ramo de flores seco que servía de adorno en un ambiente inhóspito.
Él se levantó de mal humor, el sonido de las tripas retumbaban en la casa y no aguantaba más el hambre. Ella, de manera inocente, le trataba de dar ánimo a su esposo. Ninguno de los dos trabajaba, la naturaleza les impidió tener hijos y el Estado no respondía con las pensiones. Como todos los días, pusieron las sillas uno frente del otro y se sentaron a conversar y esperanzarse en los sonidos callejeros.
- Vieja, estamos cagados. Estos huevones aún no me depositan. Hoy será un día más sin comida.
- No importa viejito, ya veremos cómo nos arreglamos.
Cruce de palabras, de lamentos, de ira contenida. Él ya no aguantaba más, hasta los parafraseos de su propia esposa no los soportaba. Sus tripas seguían retumbando en las cuatro paredes de su hogar y no podía aguantar el hambre. Estaba enojado, enrabiado con la situación. Hace tiempo venía cavilando una decisión, pero no tenía la valentía para realizarla. Era la única manera de acabar con la hambruna.
Pero ese día algo había cambiado, y se decidió. Se paró, y mientras una lágrima corría por su mejilla se acercó lentamente a la cocina. Su esposa lo sintió, y con un mal presentimiento preguntó: "¿Qué pasa viejo?". "Nada, quédate ahí que ya vuelvo", respondió él con un nudo en la garganta.
Era la única forma, y él lo sabía. Ya en la cocina volvió la incertidumbre, pero su instinto animal era más fuerte. Más allá de los sentimientos, la situación se hacía insostenible y debía actuar. Se acercó al intento de cocina que tenía en la habitación y con mano temblorosa tomó los cubiertos. Los miró un momento, aunque ya tenía decidido cuál utilizar.
El llanto se hizo insostenible, y de manera silenciosa comenzó un abatimiento interno, en el que una lágrima ahogada fulminaba esos deseos incontenibles de terminar lo que ya había comenzado. Con el cuchillo en su mano se acercó a su señora, la observó por última vez y acarició suavemente su rostro. Ella seguía sentada en su silla, inmóvil, pero su corazón predijo lo que venía, acelerando sus latidos y mandando la señal a sus ojos para que comenzaran a inundar sus mejillas.
- ¿Por qué, viejo? No seas egoísta. Ya vamos a salir adelante, tú no eres así. Tu sabes que te amo, y siempre lo haré.
Él hizo caso omiso a sus súplicas. El estómago vacío bloqueba sus sentimientos y la razón. Finalmente, con un llanto silencioso y la voz temblorosa, la cacería comenzó con un "Disculpa viejita, yo también te amo".

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