sábado, 29 de septiembre de 2012

Te amaré por siempre...


Las horas pasaban y las gotas de lluvia caían por el ventanal. El café estaba frío, las calles vacías y su alma extrañando su compañía. Miraba cada cierto tiempo su reloj, en búsqueda de una respuesta que sabía no estaba ahí. Cansado de esperar, se levantó decepcionado y emprendió su camino sin rumbo fijo.

Era un día nublado, y su tristeza hacía que los nubarrones se vieran más grises de lo normal. Apretaba los dientes y la garganta, haciendo un nudo imaginario que evitara que una lágrima subiera hasta sus ojos y buscara desesperadamente alcanzar la superficie.
Ya lo había decidido. La plaza en la que se conocieron era el lugar ideal para pensar qué había pasado y los errores cometidos. Se sentó en un banco y de inmediato recordó la primavera pasada, en la que el tiempo se detuvo en un juego de miradas cómplices y sonrisas coquetas. Hoy estaba todo tal cual. Solo las nubes en el cielo empañaban ese grato recuerdo.

Con sus ojos mirando hacia el suelo, se dio cuenta que no tenía nada que hacer ahí. Pero ahora sabía donde ir. Un lugar pequeño, algo oscuro, pero con un toque de viejos momentos que, quizás, jamás regresarían. Estaba esperanzado, algo le decía que el lugar donde tuvieron su primera cita sería el espacio indicado para meditar lo que había sucedido.

Los latidos de su corazón aumentaban a medida que sus pasos lo acercaban al final. A un destino en ambos sentidos de la palabra, tanto como lugar de término como la señal inequívoca de que estaba a instantes de enfrentar lo que le había deparado la vida.

Dobló por la esquina siguiente y observó una construcción algo nueva, con una puerta a medio abrir y una fachada de muros adornados con pinturas realizadas por el dueño del local. Se acercó a la entrada, exhaló de forma brusca y entró con la mirada perdida, tratando de encontrarla a ella en el mismo lugar donde solían compartir largas veladas y charlas interminables.

Ahí estaba ella. Con su pelo negro y hombros descubiertos bebía de una copa, en la cual parece ahogaba las penas que la aquejaban. Él partió hacia la barra, se sentó a su lado y con voz melancólica preguntó:

- ¿Por qué no llegaste?
- No quería que te volviera a pasar. Ya has sufrido mucho en tu vida, respondió.
- ¿Pasar qué?
- Tú lo sabes, ¿es preciso que te lo recuerde?

Él agachó la cabeza. No podía proferir ni una sola oración, ni una sola palabra, ni una sola letra... Al parecer entendía la situación, sabía lo que venía y lo lamentaba. Cerró sus ojos, fuertemente, deseando que no se abrieran jamás. Masticaba la rabia, pero sabía que debía aprovechar este momento.

Se irguió, manteniendo aún los ojos cerrados. El nudo que había hecho antes sucumbió ante sus lágrimas, y tomándola de la mano la acercó hacia él, la besó en la frente y la abrazó fuerte sintiendo su perfume. Antes de abrir sus ojos, culminó todo diciéndole: "Te amaré por siempre".

Cuando ya se decidió a abrir los ojos, se dio cuenta de lo inexorable. Lloraba a mares, identificaba las paredes celestes de su habitación y sabía que todo había simplemente un sueño, del que nunca hubiese querido despertar.

La almohada de su costado estaba intacta, las sábanas estiradas y el único recuerdo que tenía de ella: una fotografía en que ambos le sonreían a la cámara...

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